martes, 26 de junio de 2007

Encrucijadas

En el verano del 91 contaba con 17 primaveras, y de aquella época creo que data la primera gran decisión que tomé en mi vida. Ya sabéis, una de esas decisiones que te hacen tomar este o aquel rumbo en la vida, y que contribuyen a forjar tu futuro y el tipo de persona que llegarás a ser.
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En el verano del 91, decidí conscientemente repetir el COU. Recuerdo que tenía yo una asignatura de 3º y dos más, y opté por prepararme la pendiente y dejar las otras (renunciando además a las aprobadas para volver a hacer el curso entero). Entiendo que pudo y puede aún hoy parecer una decisión inmadura, un año perdido, pero es algo que sucede a veces cuando no sabes qué camino seguir... Y quizá, no lo sé, eso fue lo que me impulsó a hacer lo que hice. El caso es que mi vida pudo ser completamente diferente.
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En mayo del 91 me pasé todo el mes yendo y viniendo de Valladolid (donde vivía) a Madrid (donde quería estudiar). Haciendo entrevistas y buscando un trabajo para poderme mantener mientras estudiaba Hispánicas en la Autónoma; quería independizarme, vivir en la capital, ser dueño de mi vida. Pude hacerlo, pero vivir con 48000 pelas hubiera sido una locura y al final no lo hice. No tomé ese camino pero... ¿Qué hubiera sido si...?
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Si no hubiera repetido COU, hubiera seguido la senda marcada por dos de mis hermanos y hubiera cursado estudios de Económicas en Valladolid. Pero acabé esperando un año y terminé haciendo Filología Inglesa. Si no hubiera tomado aquella decisión, no hubiera conocido a la misma gente. No hubiera fundado "Réplica" con otro amigo, la revista de alumnos de la facultad. No hubiera hecho varios programas de radio. Al moverme en otros intereses, puede que no hubiera cursado alemán en la Escuela de Idiomas ni conocido a la que fue mi primera novia (me dicen que hoy casada y con una niña, pardiez). No hubiera viajado tantas veces al extranjero ni, por supuesto, hubiera vivido tres años en Connecticut como he vivido. No sería bilingüe, no tendría los mismos amigos, no sería quien soy ahora, quizás no viviría en Madrid. No hubiera cometido mil errores, hubiera cometido otros. Lo que también es seguro es que mi vida, tal y como la conozco, no existiría.
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Aquel segundo COU contribuyó a endurecer mi carácter. Aquel año me empecé a hacer como el adulto que soy hoy, y nunca me arrepentiré de la decisión que tomé en el verano del 91 (lo cual no quita para que esto lo niegue mil veces ante mis futuros hijos). La gente que he conocido, los años en la tuna que marcaron mi carácter, la objeción de conciencia, la evolución de mi personalidad y pensamiento.
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Obviamente todos podemos decir lo mismo. Todos nos hemos visto en multitud de ocasiones donde la decisión tomada, acertada o no, cambia el rumbo de nuestra vida y es imposible (amén de inútil) intentar discernir "qué hubiera sido si..." Muchas de esas decisiones las hemos tomado ya y otras nos esperan al acecho a la vuelta de la próxima esquina, en forma de trabajo, de mujer fatal, de pérdida familiar, de promesas arriesgadas o de suspiros indefinibles. Y en otras ocasiones no seremos nosotros quienes elijamos nuestro destino, sino más bien al revés.
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Estoy convencido de que cada cierto tiempo todos pasamos una crisis más o menos profunda, un bache que nos hace cuestionarnos todo o casi todo, que nos hace dudar de si es esto lo que realmente queremos. Y buscamos entonces una señal, una revelación (como en las películas) que nos de una seguridad que evidentemente no llega. Buscamos y decidimos a tientas, y mantenemos los dedos cruzados para que todo salga bien.
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La realidad es que ningún camino será sólo blanco o sólo negro; siempre existirán dudas. Cuando nos veamos en una encrucijada, en uno de esos momentos que presumimos clave en nuestras vidas, lo único que podremos con honestidad exigirnos es ser sinceros con nosotros mismos y actuar en consecuencia.



Nadie ha dicho que sea fácil. Pero es lo que hay.